Un encuentro con el Señor




Dios estaba llevando a Jacob y a su familia a la “casa de Dios” (Betel). Jacob entendía lo que eso significaba. Era estar delante de la presencia de un Dios santo y sublime. Tan limpio de ojos que no puede ver la maldad y el agravio (Hab 1:13). Estar en la casa de Dios era estar en la presencia temible de aquel que es tres veces santo (Isa 6:3).

Esta es la razón por la que Jacob dijo a su familia y a todos sus acompañantes que debían prepararse. Esto lo iban a ser de tres maneras:

Primero, quitar los dioses ajenos. No podemos buscar a Dios y seguir abrazando el pecado. No podemos amar a Dios y amar al mundo. Nadie puede servir a dos Señores (Mat 6:24). Si vamos a buscar realmente a Dios debemos arrepentirnos y dejar nuestros ídolos. Aquellas cosas que están tomando el lugar de Dios en nuestras vidas. Puede ser un objeto (dinero, tecnología), una actividad (deportes, trabajo, pasatiempos), una actitud (egoísmo, envidia, rencor) o una persona (noviazgo, relaciones, o uno mismo). Todas aquellas cosas que usurpan el lugar de Dios sobre nuestras vidas deben irse.

La segunda cosa es limpiarse. Es importante recordar la horrible suciedad que el pecado deja sobre nuestras almas. Es tan devastadora que no se puede quitar con nada (Jer 2:22). Es entonces que encontramos en la obra redentora de Cristo la única salvación provista por Dios para quitar el pecado (1Jn 1:7). Esta es la única solución para estar delante de la presencia temible de un Dios santo. Necesitamos la limpieza que Dios ofrece a través de Jesucristo.

Y la última cosa que Jacob pidió fue el mudarse los vestidos. Esto nos habla de una renovación, de un cambio. Es lo que estaba en la mente de Pablo cuando escribe sobre vestirnos del nuevo hombre (Efe 4:24). Necesitamos vestirnos de Cristo. Esto se refiere a vestirnos de su justicia, no sólo de la justicia para salvación sino también de la justicia para santificación. Es vivir la vida de Cristo en mi (Gál 2:20).

“Si quieres vivir para Dios, entonces algúnas cosas tendrán que irse de tu vida”.

Un predicador solía decir que si quieres vivir para Dios, entonces algúnas cosas tendrán que irse de tu vida. Esta es la realidad, no podremos acercarnos a un Dios santo y sublime si no hemos dejado atrás el pecado en arrepentimiento y fe.