Las victorias del pasado no aseguran nuestro futuro




El siguiente Rey que veremos hoy es Asa, hijo de Abías. Asa siguió los pasos de su padre Abías, quien fue un hombre que amó y buscó al Señor todos los días de su reinado. La narración comienza diciendo que hizo lo recto ante los ojos del Señor (2 Chro 14:2).

Asa actuó con fe en una situación de guerra similar a la que enfrentó su padre Abías, pues peleó en desventaja contra el ejército de un millón de etíopes (2 Chro 14:9). Asa demostró una gran fe al clamar al Señor diciendo: “¡Oh Jehová, para ti no hay diferencia alguna en dar ayuda al poderoso o al que no tiene fuerzas! Ayúdanos, oh Jehová Dios nuestro, porque en ti nos apoyamos, y en tu nombre venimos contra este ejército. Oh Jehová, tú eres nuestro Dios; no prevalezca contra ti el hombre” (2 Chro 14:11).

Pero las cosas no terminan ahí. El siguiente capítulo nos narra todas las reformas religiosas que Asa realizó en Jerusalén, convencido de la palabra del Señor que había venido a él por medio del profeta Azarías (2 Chro 15:8).

Entonces, Asa era un rey que confiaba en el Señor y obedecía a la Palabra de Dios. Si la historia de Asa hubiera terminado aquí, habría sido una historia con final feliz. Sin embargo, como si fuera una montaña rusa, en este momento nos encontramos en la cumbre de la vida del rey. Tristemente se aproximaba el descenso.

El rey Baasa de Israel (norte), hizo guerra contra Asa, pero ahora en vez de buscar al Señor con todo su corazón, Asa tomó todos los tesoros de la casa de Dios y se los envió al rey de Siria como un pago por su ayuda. El profeta Hanani fue enviado por Dios para darle un mensaje diciendo: “Por cuanto te has apoyado en el rey de Siria, y no te apoyaste en Jehová tu Dios, por eso el ejército del rey de Siria ha escapado de tus manos” (2 Chro 16:7). El Señor les había librado del ejército de etíopes que era más grande (2 Chro 16:8), pero ahora Asa había dejado de confiar en el Señor.

La escena más triste la encontramos al final de la vida de Asa, pues sufrió una enfermedad terrible de los pies y se nos dice que “en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos” (2 Chro 16:12). La palabra que se traduce médicos se refiere a los sanadores o curanderos. Asa había dejado de confiar en el Señor, de esta manera terminaron sus días y murió.

¿Qué nos enseña esto? Que las victorias del pasado no aseguran nuestra firmeza en el futuro. Es decir, que usted no debe pensar que el hecho de haber buscado a Dios ayer, o haber vencido el pecado en el ayer, va a ganar sus victorias el día de hoy. Nuestra búsqueda de Dios debe ser constante. Piense en el joven que regresa del campamento, o el hermano(a) después de un retiro, o usted y yo tomando decisiones después de una predicación usada por Dios. Si todos nosotros dejamos de ser constantes en la búsqueda del Señor a través de su Palabra, no debiera sorprendernos del desánimo o la apatía espiritual que viene como consecuencia.

“No hay una unción del Espíritu que nos vaya a durar de aquí hasta la eternidad”
– Leonard Ravenhill

Necesitamos desarrollar una relación constante, fresca, vibrante y nueva con nuestro Señor y Salvador. Hablando del poder del Espíritu, Leonard Ravenhill menciona que “no hay una unción del Espíritu que nos vaya a durar de aquí hasta la eternidad”, debemos buscar su presencia y poder todos los días.

Parafraseando las palabras del apóstol Pablo, podemos decir que todos nosotros somos transformados a la imagen del Señor al contemplar su gloria cada día, y esta gloria es revelada a través de su Palabra (2 Cor 3:18). Esta es la lección que aprendemos a través de la vida de Asa que l, las victorias del pasado no aseguran nuestra firmeza en el futuro.