El cristiano y la enfermedad: Cultiva la esperanza




En los primeros tres versículos veíamos la importancia de cuidar nuestro testimonio cuando estamos pasando por la enfermedad. Especialmente lo que sale de nuestra boca, ya que la queja degrada la gloria de un Dios supremo y satisfactorio.

Pablo habla de esto al animar a los creyentes de Tesalónica en la esperanza que hay después de la muerte: “…para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza” (1 Tes 4:13). El verdadero creyente tiene una esperanza que ha sido ganada por Cristo en la cruz y que debe ser alimentada cuando pasamos por la enfermedad.

CULTIVA LA ESPERANZA

Para poder recordar nuestra esperanza en la aflicción debemos mirar hacia la eternidad. El problema es que estamos tan centrados en este mundo que perdemos de vista que esta vida es tan corta y frágil comparada con la vida eterna (Sal 39:5). La vida se va tan rápido que no tiene sentido vivir atesorando este mundo cuando después de 70 u 80 años de vida (si bien nos va). Nosotros nos iremos y todo esto se habrá quedado, nada en este mundo tiene valor eterno (Sal 39:6).

Al mirar hacia arriba, el salmista encuentra el descanso en la angustia al expresar: “Ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti”. La “espera” mencionada por el salmista, tiene la idea de confianza. No podemos vivir confiando en las cosas de este mundo porque todo es temporal, el dinero, el trabajo, la salud y la vida misma. Entonces el único lugar seguro y firme se encuentra en el Dios eterno que trasciende por sobre todas las cosas.

Pablo nos recuerda que nuestro anhelo y esperanza por sobre la salud y el bienestar personal es que Cristo sea “magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte” (Fil 1:20). Esto lo dijo estando encerrado en una cárcel esperando ser ejecutado. Fue entonces que dijo las palabras tan conocidas de Filipenses 1:21 “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”. Su vida se convirtió en un poderoso testimonio de Dios.

Job era consciente de que Dios es alguien en quien se puede confiar, y su corazón estaba lleno de esperanza en el Salvador.

Es la confianza admirable de Job, quien se encontraba sentado sobre ceniza, rascándose una sarna maligna y rodeado de personas que le acusaban. Él pudo expresar con toda certeza: “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré…” (Job 13:15a). ¿No le sorprenden estas palabras? ¿Podríamos decir lo mismo? ¿Cómo es que Job podía pensar de esa manera? Porque él era consciente de que Dios es alguien en quien se puede confiar, y su corazón estaba lleno de esperanza en el Salvador.

“Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios” (Job 19:25-26). Nuestro redentor vive, y usted puede confiar y esperar en Él.