El cristiano y la enfermedad: Clama por consuelo




Nuestra esperanza es una esperanza viva porque nuestro Redentor venció en la cruz. Usted puede estar seguro de que Jesús puede entender el dolor por el que usted está atravesado en estos momentos difíciles y puede con toda certeza clamar a él por su ayuda.

Para el salmista, la enfermedad se había convertido ahora en un motivo de oración a Dios. Pero no era cualquier petición hecha a la ligera, pidiendo salud y liberación. Era el clamor de un hombre que sabía que su única esperanza se encontraba en el Señor: “Escucha mi oración, oh SEÑOR, y presta oído a mi clamor; no guardes silencio ante mis lágrimas” (Sal 39:12 LBLA).

CLAMA POR CONSUELO

David sabe que Dios está en control pues reconoce que la aflicción por la que está atravesando es dirigida por la mano de un Dios soberano (Sal 39:10). Pero más importante aún, es el hecho de que su petición más importante no es que su salud sea restaurada. Para él, lo más importante no era ser librado de la enfermedad sino ser librado de sus transgresiones. “Líbrame de todas mis transgresiones…” (Sal 39:8a). La enfermedad lo había guiado a reconocer su pecaminosidad como un problema más grande que la aflicción física. ¿Qué es lo que nosotros pedimos? ¿Estamos siendo sensibles a nuestro pecado y a las consecuencias de este?

La gracia de Dios era el consuelo que Pablo y nosotros necesitamos.

Con esto no queremos decir que es incorrecto pedir que Dios nos quite la enfermedad. El salmista hace esta petición cuando dice “Quita de mí tu plaga…” (v. 10). Fue la misma petición incesante que Pablo expresaba al Señor por motivo del aguijón en su carne, él dice: “… tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí” (2 Cor 12:8). Sin embargo, en los tres casos la respuesta divina fue: “Mi gracia es suficiente” (2 Cor 12:9). La gracia de Dios era el consuelo que él y nosotros necesitamos.

Cristo vino a este mundo como el Mesías esperado que “llevó [él] nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores…” (Is 53:4a). Pero debemos tener cuidado al interpretar este pasaje de Isaías. Jesús desea algo más que exterminar la enfermedad y el dolor en esta tierra ahora. Jesús murió y resucitó para acabar con el problema eternamente. La promesa de Isaías tiene su cumplimiento en la vida eterna que gozaremos a lado de nuestro Salvador. La enfermedad, la muerte y el pecado han sido vencidos por Cristo en la cruz, así que podemos tener la certeza de que hay descanso en él.

Debemos clamar y pedir a Dios, pero nuestra oración debe estar motivada por la esperanza eterna de descanso del pecado y el dolor que el Señor ha prometido a todos los que vienen a Él (Mat 11:2).