El arrepentimiento y la restauración




Esdras y Nehemías fueron hombres temerosos de Dios, conocían la ley del Señor y tenían carga en sus corazones por la nación de Israel. Pero algo en lo que también coincidían era en su actitud hacia el pecado y sus consecuencias.

Después de la reconstrucción del templo y la adoración, Esdras escucha que la nación de Israel no se había separado de los pueblos extranjeros sino que habían emparentado con ellos, mezclándose así con las tierras paganas. Esdras describe su reacción de la siguiente manera: “Cuando oí esto, rasgué mi vestido y mi manto, y arranqué pelo de mi cabeza y de mi barba, y me senté angustiado en extremo” (Esd 9:3). Cuando imagino esta escena parece que estoy viendo a un demente. Si usted tiene barba, sabe como yo lo doloroso que es siquiera jalar un poco este vello facial. Sin embargo Esdras casi ni sentía dolor porque había un dolor mayo en su corazón.

Ahora déjeme hablarle de Nehemías. Él servía al rey Artajerjes como copero, y estando en una nación lejana, escucha la noticia de la terrible devastación que había en Israel (Neh 1:2-3). Nehemías nos describe su reacción diciendo: “Cuando oí estas palabras me senté y lloré, e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos” (Neh 1:4). Aunque las palabras se pueden leer de manera ligera, no hay duda del profundo dolor expresadas en las palabras “me senté y lloré”. Nehemías no podía ni siquiera estar en pie, esto le llevo a hacer duelo por algunos días, un duelo como si se hubiera perdido a alguien amado.

En el devocional pasado aprendíamos que hay gracia y restauración en Dios, sin embargo no experimentaremos este cambio si primero no pasamos por el tiempo de dolor. Si nuestro corazón no es sensible al pecado. Si no hay quebrantamiento y no reconocemos nuestra responsabilidad al punto que podamos decir como Nehemías: “y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado”.

No hay restauración sin un verdadero arrepentimiento, y no hay arrepentimiento sin un corazón quebrantado por el pecado.

No hay restauración sin un verdadero arrepentimiento, y no hay arrepentimiento sin un corazón quebrantado por el pecado. Es entonces que experimentaremos la gracia del Señor, pues “Cercano está el SEÑOR a los quebrantados de corazón, y salva a los abatidos de espíritu”. (Sal 34:18 LBLA)